9/11/2007
É aquí algo que encontré navegando por internet, en una de esas busquedas extrañas que suelo hacer, y que por supuesto me llamó la atención; está sacado de la pagina efimera.org; bajo el título "DISEÑAR UNA NARANJA"y comienza diciendo:
Se pregunta Bruno Munari en El arte como oficio
(¡prologado por Juan Eduardo Cirlot!) si puede establecerse un
paralelo entre los objetos proyectados por el diseñador y los producidos por la
naturaleza; razonando sobre algunos objetos de la naturaleza —por ejemplo, una
naranja— en el idioma del diseño se pueden descubrir cosas interesantes:
El objeto está formado por una serie de continentes modulados en forma de
tajada, dispuestos circularmente en torno a un eje central vertical, al cual
cada elemento apoya su lado rectilíneo mientras que todos los lados curvos,
vueltos hacia el exterior producen, en el conjunto, una suerte de esfera.
El
conjunto de estas tajadas o gajos está envuelto en un embalaje bien
caracterizado, tanto desde el punto de vista de la materia como el color:
bastante duro en la superficie externa y revestido con un acolchado mórbido
interior, de protección entre el exterior y el conjunto de los continentes. Todo
el material es de una misma naturaleza en su origen, pero se diferencia
oportunamente en cuanto a la función.
Cada continente, a su vez, está formado
por una película plástica, suficiente para contener el jugo pero bastante
maniobrable en la descomposición de la forma total. Cada gajo se mantiene unido
por un adhesivo muy débil. El embalaje, cual hoy se hace, no ha de devolverse al
fabricante, sino que se puede tirar.
Cada gajo tiene exactamente la forma de
la disposición de los dientes en la boca humana, por lo cual, una vez extraído
del embalaje, puede apoyarse entre los dientes y, con una ligera presión,
romperlo y extraer su jugo. Los gajos contienen, además del jugo, pequeñas
semillas de la misma planta que engendró el fruto: un pequeño homenaje que la
producción ofrece al consumidor en el caso de que éste quisiera tener una
producción personal de tales objetos. Obsérvese el desinterés económico de
semejante idea, y, por el contrario, la ligazón psicológica que se forma entre
consumo y producción: nadie, o muy pocos, se pondrán a sembrar naranjas, pero el
ofrecimiento de esta concesión, altamente altruista, la idea de poderlo hacer,
libera al consumidor del complejo de castración y establece una relación de
confianza autónoma recíproca.
La naranja, por esto, en un objeto casi
perfecto en el que se encuentra la absoluta coherencia entre forma, función y
consumo. También el color es exacto; azul sería enteramente equivocado.
La
única concesión decorativa, si así puede decirse, es la búsqueda «matérica» de
la superficie del embalaje, tratada como «piel de naranja». Acaso para recordar
la pulpa interna de los gajos. A veces, un mínimo de decoración, perfectamente
justificado, puede ser admitido.